A propósito de “Balón” o “pelota”¡No me cambie el nombre que la máma está mirando!

A propósito de “Balón” o “pelota”

¡No me cambie el nombre que la máma está mirando!

1 enero, 2021 Desactivado Por Julio Giribaldi

 

Nos costó entender que nuestro Diego, el Diego pueblo, se había muerto. Es que él se había encargado de decirnos que era inmortal. Diego había sido forjado con el más templado acero deportivo, hecho con lo más seleccionado de la providencia futbolera, resumiendo en su figura la suma de los potreros argentinos, esos en donde se aprende a gambetear a rivales y al hambre por igual.  Pero su vida un día de las tantas veces que su salud nos alegraba con sus puntos suspensivos (continuidad), ésta vez, le borró dos. Y así se hizo leyenda, más de lo que ya era.

Pero para no ser redundantes y/o dramáticos en nuestro sentimiento (compartido mundialmente) enfocaremos el mensaje a la actualidad de los jugadores y sus comportamientos, muchas veces tan disímiles a los del inmortal Diego, sabiendo de antemano que de inexorable manera, caeremos en generalizaciones inevitables.

Es casi normal escuchar a los jóvenes jugadores definir a la pelota como “el balón”. Creemos que la pronunciación de balón, le da un toque aristocrático y glamoroso al juego originario de Inglaterra a fines del siglo XIX.  Pero, qué quiere que le diga, en la Argentina (mezcla de Lunfa, potrero, barrio, colectivo, tango y milonga) esa definición no encuentra lugar.

La generación pasada denominaba a la redonda como “Pelota” o “Fulbo”; ejemplo práctico de diálogo imaginario: “¡Doña!, disculpe, ¿nos pasa la pelota que se nos cayó en su patio?”, o también este otro: “la próxima que te grite y no me des el fulbo ¡te reviento! ¡estaba solo, comilón!”.

Resulta difícil asimilar la correcta definición de balón en el futbol argentino. Es que es una definición correcta porque así se llama, pero nuestros calificativos propios de argentinidad la presentan mejor ante el desconocido. Imaginemos por caso al relator radial en el gol del Racing Club de Avellaneda ante el Celtic de Escocia, en 1967 en Montevideo, cuando la Academia se convirtió en el primer campeón intercontinental: “de manera imprevista el señor jugador Cárdenas con atuendo de Racing Club esgrime un fuerte lance provocando, en el balón, una direccional ruta de viaje hacia el ángulo superior derecho, proveniente de la extremidad inferior siniestra”.

Hay miles de ejemplos donde la pasión del relato va de la mano con la traspiración de la camiseta del jugador que lo deja todo, que canta a la par de la hinchada, que lleva la foto de la Virgen de Luján y de los viejos en su bolso. El relato se construye reivindicando el origen del futbol barrial, por eso es la pelota y no el balón. Y nuestro mayor embajador lo dijo siempre: “la Pelota no se mancha”; “la pelota, siempre al diez”“la pelota no se come” (esta frase del Diego fue pronunciada en el momento en que DAM se encontraba junto al mausoleo donde descansan los restos de Hugo Chávez,  y allí dijo: “yo sólo jugué a la pelota, les di alegría, pero la pelota no se come, este hombre le dio de comer a la gente”).

El viejo y apasionante juego de la pelota hace años que lucha por preservar su básica e inmortal esencia, en medio del creciente y varias veces millonario negocio que en su entorno y a partir de sí, se genera. Mientras tengamos pibes que pese a crecer y sumarse a ese mundo de contratos nivel Hollywood puedan lograr mantener esas definiciones de barrio y potrero, las de tirar un caño, imaginar una pared, priorizar jugar donde se desea y no sólo donde se garantizan astronómicas cifras para sí y sus herederos, el fútbol tendrá vida.

Esa vida que se consolida y asegura, si a la redonda se le dice “pelota” y no la prolija y acartonada definición anglosajona de “balón”.