La historia de Salvadora Medina Onrubia, una mujer para no olvidar y conocer en todos sus detalles

La historia de Salvadora Medina Onrubia, una mujer para no olvidar y conocer en todos sus detalles

7 octubre, 2020 0 Por Juan Alberto Lalanne

Salvadora Medina Onrubia fue escritora, anarquista militante, y la primera mujer en dirigir un diario en el país. Cuestionó las costumbres de la época y fue pionera a su manera y con su propio estilo.

Una revolucionaria contradictoria con muchas facetas, quizás por eso fue incomprendida. Cuestionó los roles de la maternidad, fue además anarquista desde el poder, dramaturga rebelde, una voz única abanderada de las ovejas negras. Difícil definir a Salvadora, más complicado aún encasillarla, y casi imposible abarcar todos los hechos y aspectos que la volvieron la mujer que fue. Algunas palabras que trazan el mapa de su vida:

-anarquista, madre soltera, militante, artista apasionada, y en todos estos roles, poco ortodoxa

A los 16 años quedó embarazada, en una relación que tenía con un abogado entrerriano de apellido Pérez Colman y fue madre soltera por convicción, de Natalio Carlos, que denominaría con el apodo de “Pitón”. Poco le importó el “run run” de los rumores de la sociedad conservadora de aquel entonces.

Su madre, española, plantó a su novio en el altar y persiguió una vida nómade con un circo; bailaba, con el nombre de “Brasita de Fuego”. Mote que heredó Salvadora por tener su pelo pelirrojo.

Salvadora, de espíritu rebelde y origen judío, nació el 23 de marzo de 1894 en La Plata. Pasó su infancia y primera adolescencia en Entre Ríos (Gualeguay) y su vida adulta en la ciudad de Buenos Aires.

Mujer empoderada y rebelde aún cerca del poder

En 1915, buscando financistas para una de sus obras de teatro en el Diario Crítica, conoció a Natalio Botana, su fundador (Botana nacido en Uruguay, en Sarandí del Yi, los pagos de Aristegui). Cuentan que el flechazo fue mutuo y magnético. Con Botana, mucho mayor que ella, se casó para que sus hijos pudieran tener su apellido. Más allá de compartir su vida con uno de los hombres más poderosos y acaudalados del país, Salvadora nunca deshonró sus convicciones ni su militancia. Era normal verla llegar en Rolls Royce a un motín, y armar bombas molotov en vestido y tacos, acompañando la lucha de aquellos años.

Lo que sí le importó fue el suicidio de ese primer hijo (Natalio Carlos), contado como un accidente, que le valió una depresión que duró hasta sus últimos días. Se dice que «Pitón», como lo apodaban, se pegó un tiro al enterarse que no era hijo de Natalio Botana, quien lo había adoptado como propio y tenían una excelente relación.

La convicción de su vida fue el anarquismo. Peleó por la liberación de Simón Radowitzky, militante y figura del movimiento nacido en Rusia y preso durante más veinte años por el asesinato del Jefe de la Policía de Buenos Aires, Ramón Falcón. Salvadora, luego de financiar varios intentos fallidos de fuga, consiguió que Hipólito Yrigoyen le concediera un indulto.
Fue una de las primeras mujeres en el país en dar un discurso en un acto político multitudinario, en 1914, por la liberación de Radowitzky. También participó de los episodios en torno a la Semana Trágica, junto con su pequeño hijo, al que llevaba para que viva la lucha social desde adentro.

Según su nieto, fue la primera argentina en atreverse a escribir sobre dobles pecadoras, las lesbianas y las adúlteras. Una de sus obras más valoradas fue Las descentradas, estrenada por primera vez en el Teatro Ideal en 1929. Allí, Salvadora honra sus propias contradicciones, narrando mujeres que cuestionan las estructuras monogámicas, el matrimonio y la familia tradicional.

Fue presa por el régimen de Félix Uriburu junto a otros treinta periodistas, y desde la cárcel del Buen Pastor le escribió al presidente de facto una dura y emblemática carta, que decía lo siguiente:

«General Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo “magnanimidad” para mi, agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto, reconozco el valor moral que han demostrado -en este momento de cobardía colectiva- al atreverse, por mi piedad, a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido… Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo falta, ni necesito magnanimidades.

Señor General Uriburu: yo se sufrir. Se sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre otras cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama Karma (no es un explosivo, es una ley cíclica). Esta creencia me hace ver el momento por el que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ellos. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria, soy en mi carne la Argentina misma y los pueblos no piden magnanimidad.

En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado me siento más grande y más fuerte que usted, que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos… y eso que tengo la vaga sospecha de que usted debió salir de un hogar y debió también tener una madre.

Pero yo se bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo -en este inverosímil asunto de los dos el degradado y envilecido es usted, y que usted, por enceguecido que esté, debe saber esto tan bien como yo  (….)

General Uriburu: guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio». Salvadora Medina Onrubia cárcel del Buen Pastor, julio 5 de 1931

 

Luego de la muerte de su marido en un accidente automovilístico, Medina Onrubia pasaría a estar al frente del negocio familiar, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir un periódico

Una de las anécdotas que mejor la pintan es que llevaba una pulsera donde se hizo engarzar una bala dirigida a su despacho en el diario, que impactó en una pared detrás de su escritorio cuando ella no estaba allí. 

Salvadora murió en 1972, en la pobreza, el olvido y la soledad.

«Nosotras no queremos los derechos de los hombres, que se los guarden. Saber ser mujer es admirable, y nosotras sólo queremos ser mujeres en toda nuestra espléndida femineidad. Las descentradas somos las que no pensamos, las que no sentimos, las que no vivimos como las demás. Las que entre gente burguesa somos ovejas negras y entre ovejas negras somos inmaculadas. Todas somos raras” (Fragmento de Las descentradas.

 

Fuente:

Ministerio de Cultura de la Nación

Revista: Todo es Historia.

Fotos: Internet