Merecido homenajeLa he visto en los Hospitales, a veces sin elementos…

Merecido homenaje

La he visto en los Hospitales, a veces sin elementos…

27 agosto, 2020 0 Por Juan Alberto Lalanne

En este nuevo encuentro con nuestros muchos amigos seguidores, dedicaremos la columna a manera de homenaje, a quienes en la actualidad (Y SIEMPRE) han sido guías protectores y dadores de amor.

No hace falta esperar al 21 de noviembre para evocar su día; los sucesos reinantes en la actualidad ponen de manifiesto su vocación y trabajo en todos los rincones del mundo. En la República Argentina en 1886 se fundó la Escuela de Enfermeras, por obra de Cecilia Grierson, la primera médica de nuestro país, un símbolo de lucha y de entrega, una mujer que en pleno siglo XIX supo convertir obstáculos en desafíos, y labrarse un destino muy diferente al que la sociedad de entonces le tenía reservado.

“Hay que despertar corrientes de bondad”.

Su lucidez, vocación de servicio y contacto con la realidad de su tiempo la llevaron a concretar iniciativas de carácter práctico, como el uso del uniforme obligatorio para enfermeras, o la utilización de sirena en las ambulancias, entre otras.

Que sea su mención como inicio al recuerdo de otros nombres que fueron notables en la historia.

En una lujosa mansión de Inglaterra  vivía una hermosa niña que jugaba con sus muñecas de una manera completamente nueva y sorprendente. Además de acariciarlas con el amor de los niños a sus juguetes, en este caso las desnudaba y las acostaba, y les hacía el té en diminutos pocillos ideales para el caso.

Pero también hacía algo más: fingiendo que las muñecas estaban enfermas, las cuidaba como tales, y figurándose además que le habían ocurrido terribles accidentes, les vendaba las piernas y los brazos y las atendía con gran delicadeza.

Cuando fue algo mayor entraba en las chozas de los campesinos situados en las tierras de sus padres, y si encontraba a alguno de ellos enfermo, se ponía inmediatamente a prestarle asistencia y procurar su restablecimiento. Era admirable ver como esta niña tan vivaracha, en lugar de pasar el tiempo en juegos y deportes se dedicaba alegremente a cuidar a los enfermos de la aldea. Trataba con cariño a los animales y el primer paciente que tuvo fue un perro.

Los años pasaron y la bella niña, ya adolecente -cuyo nombre era Florencia Nightingale- tuvo que ir a Londres, con sus padres. Las agradables y triviales ocupaciones de sociedad no eran de su agrado, y en vez de asistir a reuniones, visitaba los hospitales de la gran urbe y estudiaba la manera de lograr que los enfermos recobrasen la salud y las fuerzas perdidas. En aquella época las enfermeras de los hospitales eran muy ignorantes, y no poco asombro hubo de causar a Florencia Nightingale los modales rudos y la inconcebible ignorancia que observó en los hospitales ingleses.

Resolvió marcharse a Alemania para aprender allí el oficio de enfermera, y después pasó a París donde adquirió todos los conocimientos que pudo. Por fin, cuando estuvo bien segura de haber dominado su especialidad, regresó a Inglaterra y dio principio a su tarea de mejorar la asistencia que los enfermos recibían en los hospitales.

En esta ocupación la sorprendió la Guerra de Crimea, que estalló entre Rusia e Inglaterra. Al principio no se hablaba más que de pelear y de la bravura de los soldados que iban a la muerte cantando. Pero no tardaron en llegar a Inglaterra otros rumores, relaciones espantosas de heridos abandonados a su suerte en el campo de batalla, y de otros infelices operados por cirujanos en las mismas trincheras empapadas de sangre. El país se estremeció de horror al saber tales noticias, y todos clamaron que debía hacerse un esfuerzo extraordinario de  evitar tales padecimientos a los heroicos soldados. Ese algo lo hizo Florencia Nightingale.

La niñita de otros tiempos y que había prodigado sus cuidados  a los perros de los pastores y se había entretenido en vendar a sus muñecas, surgió entonces como el ángel de piedad de Inglaterra, en cuya historia brillará siempre en letras de oro el nombre de Florencia Nightingale. Partió para Crimea con menos de cuarenta enfermeras, y a los pocos meses de su llegada había llevado a cabo un cambio  radical en el cuidado de los soldados.

“Es de imaginar el bienestar que experimentaban los pobres heridos, cuando se vieron atendidos por afables mujeres, colocados en camas blandas y cómodas, y vendados con amorosa solicitud por delicadas manos que evitaban el más pequeño dolor, al ceñir las vendas  alrededor de las heridas palpitantes”.

Florencia Nightingale estaba siempre en las salas y por las noches paseaba silenciosamente entre las hileras de las camas llevando una linterna en la mano para asegurarse que nada les faltase a sus pacientes. Al divisar los soldados en medio de la oscuridad a la gentil figura que se movía entre ellos como un ángel, la llamaban “la dama de la linterna”.

Hasta observaron que su nombre contenía suficientes letras para formar la frase  “Flit on, cheering ángel“  (revolotea, ángel de consuelo y alegría). Tal era para aquellos miles de soldados víctimas de la guerra: un ángel que los reanimaba y les infundía aliento en su desgracia.

Para dar clara idea de la magnífica obra realizada por esta noble mujer, bastará decir que cuando ella llegó morían el cuarenta y dos por ciento de los heridos y que poco después de su llegada, esa proporción se redujo al veinte por ciento. Tuvo a su cargo hasta 10.000 soldados  heridos, y cuando tenían que ser transportados a la sala de operaciones, Florencia iba con ellos y permanecía continuamente a su lado y los animaba a soportar los dolores.

Tales hechos no tardaron en hacerse públicos en toda Inglaterra, donde por doquier se oía pronunciar el  nombre de Florencia Nightingale. Se inició una suscripción a su favor y produjo cincuenta mil libras esterlinas. Enviaron un barco de guerra para repatriarla y se hicieron preparativos para celebrar triunfalmente su entrada en Londres. Pero Florencia no codiciaba los aplausos del mundo. Volvió en secreto y se encaminó, tranquila y calladamente a la casa de su padre.

La reina Victoria le otorgó la Cruz Roja Real y, en 1907 fue la primera mujer condecorada con la orden del Mérito, sus sólidos conocimientos en estadística y matemáticas fueron de importante utilidad para su labor de enfermería.

Violeta Costanza Jessop

Esta argentina fue camarera y enfermera en tres embarcaciones inglesas, entre ellas el Titanic, que sufrieron trágicos finales.

Nacida cerca de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires en 1887, Violeta era hija de inmigrantes irlandeses provenientes de Dublín, quienes se dedicaban a la crianza de ovejas en la pampa argentina.

Luego del fallecimiento de su padre, la familia Jessop decidió vivir en Inglaterra, lugar donde la joven fue contratada por una de las más prestigiosas compañías navieras, la White Star Line, como dama de compañía. El hecho de dominar el idioma español y el inglés, junto a una buena apariencia y un adecuado carácter, fue fundamental en su contratación y su desarrollo laboral.

La compañía británica White Star Line, fundada en 1850, estuvo marcada por grandes catástrofes. Los tres barcos que formaban la clase olímpica de su flota -Olympic, Titanic y Britannic de- tuvieron un triste destino.

Su primera experiencia en las tragedias marítimas se produjo el 20 de septiembre de 1911, cuando el accidente RMS Olympic colisionó el buque de guerra HMS Hawke. Este naufragio no tuvo victimas.

Seis meses más tarde, el RMS Titanic, conocido como el «barco de los sueños» realizaba su debut en los mares. Violeta fue invitada a unirse a la tripulación como una de las veintitrés camareras. Y a pesar de que ella deseaba quedarse en el RMS Olympic, los consejos de familiares y amigos, sin mencionar una mejor paga, la belleza y el lujo de este barco, la convencieron de que sería una gran experiencia.

El 14 de abril de 1912, a las 23.45 horas, el gigante marítimo colisionaba con un iceberg, y comenzaba con su triste proceso de hundimiento.

«De repente oímos un ruido ensordecedor. Todo el salón se levantó de sus asientos. Me trajo recuerdos no tan distantes de la noche aciaga del Titanic».

La camarera recibió la orden de entrar en el bote salvavidas número 16, junto con otras criadas, con el fin de demostrar a las otras pasajeras, que iban a estar a salvo. Mientras bajaban la embarcación de emergencia, uno de los oficiales le confió un bebé, el cual tuvo que proteger y cuidar por horas del agua congelada y del clima tan frío de aquella noche. Violeta fue uno de los setecientos sobrevivientes de esta catástrofe.

En noviembre de 1915, durante la Primera Guerra Mundial, la embarcación HMHS Britannic fue asignada para el transporte de tropas y también como buque hospital. A pesar de la mala experiencia en el Titanic, Violeta continuó sirviendo a la sociedad y se unió a la tripulación del navío con una nueva e importante tarea, ser enfermera de la Cruz Roja Británica.

El 21 de noviembre de 1916 el HMHS Britannic navegaba en el canal de Kea, en el Mar Egeo. Al amanecer de ese día, se escuchó una gran explosión, causada por una mina marina, y momentos después la proa de la nave comenzó a hundirse a babor a causa de los daños sufridos.

Violeta logró escapar a bordo de un bote salvavidas, a contemplar de nuevo desde lejos la imagen de un transatlántico inmenso que se hunde en las profundidades del océano, cincuenta y cinco minutos después de la explosión.

Después de la guerra, siguió trabajando para la White Star Line a bordo del viejo fiable, RMS Olympic, para luego trasladarse a la compañía Red Star Line y posteriormente a la Royal Mail Line.

Violeta se retiró en 1950 -a los 63 años de edad- con una pequeña pensión, luego de 42 años de servicio. Se fue a vivir a una casa de campo en Great Ashfield, Suffolk, Inglaterra, dedicándose a ser una granjera y comerciante de huevos de gallina.

Falleció el 5 de mayo de 1971, a sus 83 años de una insuficiencia cardíaca sin dejar descendencia.

Historias de ferviente vocación, no se diferencian en nada a las/os actuales protectores de la enfermería, abnegados “superhéroes” que enfrentan día a día el fantasma de la pandemia, los temores y los exigentes cuidados para contribuir a su heroica tarea, pudiendo –nosotros- colaborar, no exponiéndonos ante el mal que acecha.

En un fragmento de su poema, dice el recordado Aldo Crubellier, “Payador de Lezama”, en sentido Homenaje…

 

La veo en los hospitales

Junto a médico o médica

Con su blanco guardapolvos

Gemelo de su pureza

ARRIESGANDO la salud

Cuando asola una epidemia

Allí no existen “tutías”

Pues cuando los “bichos” vuelan

Se contamina el ambiente

Y el organismo penetran.

 

De igual forma la Payadora Entrerriana Liliana Salvat, hizo un particular recuerdo a su comprovinciana Alicia Reinoso contando su historia en sublimes décimas:

 

Coraje de Mujer

En la guerra de Malvinas

-que aún nos parece un mal sueño-

Fue vital el desempeño

De mujeres argentinas

En distintas disciplinas

Sin descanso, sin reposo

Ante ese cuadro horroroso

Cumplió su labor humana

Una enfermera entrerriana

Llamada Alicia Reinoso

 

Cuentan que al mundo llegó

A ser parte del paisaje

En un humilde paraje

Como es Estación Carbó

Quizá de niña sintió

Su inclinación solidaria

Y en su infancia solitaria

No imagino que en su tierra

Le demandaría una guerra

Su labor humanitaria

 

Era cabo principal

Rango de la fuerza aérea

Su vocación la hacía etérea

En aquella zona austral

Tuvo ante el dolor fatal

Un calmante en cada palma

Les dio a los soldados calma

Y se jugó por sus vidas

Y curaba las heridas

del cuerpo, como del alma.

 

El tiempo jamás podrá

arrancar de sus oídos

de los soldados heridos

ése grito de: “mamá”.

Terminó la guerra y ya

con sus vivencias calladas

Siguió en las fuerzas armadas

y la enmarcó la impotencia

al sufrir la indiferencia

de sus propios camaradas

 

Las crónicas de un olvido

Habla de otras mujeres

que cumplieron sus deberes

en el conflicto vivido.

no las olviden les pido

el olvido es doloroso

y por su historial honroso

es de guerra veterana

Una enfermera entrerriana

llamada Alicia Reinoso.

 

 

Bibliografía:

  1. El Tesoro de la Juventud
  2. Felipe Pigna, El Historiador”
  3. Internet, imágenes y datos sueltos
  4. Aldo Crubellier, “21 de noviembre”
  5. Liliana Salvat, “Coraje de Mujer”