El Van Gogh Argentino“no pinta el que tiene ganas sino el que sabe pintar”

El Van Gogh Argentino

“no pinta el que tiene ganas sino el que sabe pintar”

13 agosto, 2020 0 Por Juan Alberto Lalanne

Benito Juan Martin; así rezaba un papel que encontraron entre sus ropitas aquella mañana de marzo de 1890. Lo hallaron las monjas frente a la puerta de la casa de Expósito, donde lo habían abandonado.
Seis años después fue adoptado por Manuel Chinchella, un robusto carbonero, y Justina Molina, quienes conformaban un matrimonio sin hijos del barrio de la Boca.
De niño, con los pedacitos de carbón que juntaba en el local de su padre, realizó sus primeros dibujos.
Empezó su formación en una escuela de enseñanza en la que únicamente permaneció dos cursos, ya que con tan sólo nueve años, tuvo que empezar a trabajar en la carbonería paterna.
Posteriormente, y hasta que cumplió los quince, fue obrero portuario de La Boca. Su trabajo consistía en trepar a los barcos para llenar las bolsas vacías de carbón y cargarlas en los carros. En los descansos dibujaba paisajes que el talento le dictaba con auténticas tiza de carbón que se desprendían de las arpilleras. Con el tiempo los cuadros de QUINQUELA MARTIN, tomarían colores ávidos de su creación o retratarían el gris de la niebla inevitable del riachuelo en invierno.
Por aquellos años el barrio de La Boca era lugar de Lecherías, Pizzerías, algunas confiterías y cafés. Uno de ellos, el conocido como “El Paris”, fue lugar donde se trabajó mucho para la candidatura y posterior asunción del Dr. Alfredo Palacios, el primer diputado nacional por la boca y seguramente era ése uno de los lugares predilectos de Benito Quinquela Martin ya que, en un lapso de su vida se implicó activamente en la política del barrio: pegaba carteles y repartía pasquines a favor del socialista Palacios.
Enamorado del puerto, plasmó como ninguno el dolor de los estibadores que cargando y descargando los barcos sudaban de sol a sol trabajando por magros salarios.
En 1907 ingresó en una modesta academia de dibujo de la vecindad para estudiar pintura con Alfredo Lazzari. Desde entonces se dedicó a la pintura. Conoció a Juan de Dios Filiberto, un estudiante de música con quien mantuvo una estrecha amistad. También conoció al por entonces director de la Academia de Bellas Artes, Pío Collivadino, quien le ayudó a iniciarse en el dibujo de retratos y a incorporar el color a sus obras.
En una de las páginas del libro “Con el Corazón en la Boca” de Enrique H. Panaro dice:
-No hay luchas sin himnos ni banderas. Las antiguas batallas se peleaban al amparo de estandartes y canciones de los bandos militares, y continúa. En la entrada Principal (de Brandsen 805) del Club Atlético Boca Juniors, puede verse en la sala central el fresco que pintara Quinquela Martin. El Tema: Origen de la bandera de Boca. El buque con la enseña sueca recibe en el muelle la carga de los obreros vestidos con la camiseta “ Oro y Azul”-

Hago esta referencia porque fueron contemporáneos nuestro prestigioso artista y el club de la Ribera…
<<Fue en la Boca llena de inmigrantes, cuando ya no quedaban indios al acecho, y mientras Quinquela Martin dibujaba sus primeras carbonillas, otros chicos “de la barriada” le daban duro a una pelota>>

A él le debemos Caminito, ese paseo porteño pleno de luz y color bautizado por él con ese nombre como homenaje a su amigo Juan De Dios Filiberto. Entrañable confidente de Alfonsina Storni, supo de los amores de la poetisa con Horacio Quiroga, de la propuesta de matrimonio que el escritor uruguayo le hiciera y ella lo rechazó, confesándole a su amigo entre risas:
<“¡Con ese loco yo no voy ni a la esquina!”>
El fue quien junto a ella recibió la noticia de la grave enfermedad que la aquejaba, cuando le pidió que la acompañara a retirar los estudios que confirmaban su incurable mal.
Muy querido en el barrio, Benito Quinquela Martín actuó como un protector de las artes y fundó el Café Tortoni para que los artistas pudieran difundir sus obras. En 1933 compró varios terrenos que donó al Estado para que construyera instituciones dedicadas a la difusión del arte y a obras sociales. En uno de esos terrenos se erigió la Escuela Museo Pedro de Mendoza (hoy Museo de Bellas Artes de La Boca), que fue decorada por el propio artista.
En 1918 decidió cambiar su nombre (Benito Juan Martín) por el de Benito Quinquela Martín, adaptando el apellido de su padre adoptivo a la pronunciación italiana. Con su nuevo nombre, el 4 de noviembre de ese mismo año exhibió por primera vez sus pinturas en una exposición individual organizada por la Galería Witcomb. La muestra fue un éxito y los críticos hablaron de la aparición de un original pintor, con técnica, estilo y mensaje propios.
Un crítico extranjero de arte quien lo descubrió y comentó ante colegas argentinos que: “en el país teníamos un Vicente Van Gogh”. Entonces, interesados en conocer su obra, llegaron hasta su taller. Finalmente, la crítica declaró que su arte era tal, y logró el reconocimiento que con justicia merecía. A partir de este momento empezaron sus recorridos por el mundo.

Junto con figuras de la talla de Emilio Pettoruti, Lino Spilimbergo o Antonio Berni, Benito Quinquela Martín fue uno de los protagonistas de la renovación que vivieron las artes plásticas del país a partir de la década de 1920 y que fructificó en una edad de oro de la pintura argentina. Entre sus obras destacan Tormenta en el Astillero (Museo de Luxemburgo), Puente de La Boca (Palacio Saint James, Londres) y Crepúsculo en el astillero (Museo de Bellas Artes de La Boca).
En 1921 presentó en Río de Janeiro su primera exposición fuera de Argentina. En 1923 efectuó su primer viaje a Europa, concretamente a Madrid. En 1925 llegó a París, dos años más tarde a Nueva York y en 1929 a Italia, donde Mussolini lo nombró su pintor predilecto «porque sabe retratar el trabajo». Todos estos viajes lo separaban de sus padres; de ahí que rechazara una invitación a Japón para volver a su añorado barrio natal y quedarse junto a ellos.
Benito Quinquela Martin, un niño abandonado que vivió sus primeros años de encierro y pena, visibilizó con su obra el quehacer de los jornaleros sufridos, contribuyó para la creación de centros de estudio y formación artística.
Nadie mejor que alguien que experimentó el dolor para entender y expresar, con hondos deseos, venturosos cambios.
Murió en enero del 1977. Sus restos fueron velados en su casa y estudio de toda la vida y lo enterraron en un ataúd fabricado por él años antes porque decía «que quien vivió rodeado de color no puede ser enterrado en una caja lisa». Sobre la madera que conformaba el ataúd estaba pintado una escena del puerto de La Boca.


Biubliografía:
“Charlas de Fogón” Marta Suint
“Con el Corazón en la Boca” Enrique Panaro
Datos sueltos, internet.
Imágenes, internet.